Con el éxito de La casa de papel y el bombazo de las series españolas en los últimos meses, estaba cantado que White Lines iba a triunfar en Netflix. Sin embargo, tras intentar darle una oportunidad confieso que me cuesta entender por qué. Tras su estreno el 15 de mayo, la nueva apuesta de Álex Pina (el creador de la serie de los atracadores con la máscara de Dalí) ocupa el primer puesto en el ranking de lo más visto en la plataforma de Reino Unido, y el segundo en la española. Y solo por detrás de Valeria, otro fenómeno que me cuesta comprender. Y es que las dos son de las series menos originales que ha estrenado Netflix en las últimas semanas.

White Lines no necesitaba de mucha promoción para debutar entre las series más vistas de Netflix. Con saber que se trataba de la nueva historia de Álex Pina ya era suficiente para captar el interés de los cientos de miles de fans de La casa de papel.

Ese fenómeno de atracos que lleva arrasando desde hace cuatro temporadas, por mucho que los propios fans se estén quejando de la extensión cual chicle que están haciendo de la trama. Es un fenómeno, y como tal funciona gracias a la lealtad de los seriéfilos.

Y parece que lo mismo ha pasado con White Lines, porque ya desde sus primeros 15 minutos podemos deducir que estamos ante una serie de estructura vaga, más clichés y poca originalidad, pero ha enganchado de todas formas.

Prometo que no tengo nada contra Álex Pina, pero sus series me resultan copias sin esfuerzo de géneros e historias vistas otras veces. Su fórmula recae en generar enganche a través de una trama con una base simple y rodearla de personajes caricaturescos y el colorido que otorga el escenario en cuestión.

En La casa de papel es el atraco en sí mismo y conocer cómo lograrán salir con vida; aquí es el impactante desenfreno de Ibiza jugando al género whodunnit entre medias. Sin embargo, en White Lines la originalidad brilla aún más por su ausencia y no puedo evitar sentir que pierdo el tiempo con cada episodio como me pasó con La casa de papel (cuyas cuatro temporadas he visto debido a mi labor como periodista en esta área).

Mi historia con White Lines comenzó el viernes del estreno. Puse el primer episodio, tras 15 minutos no pude más y la tuve que dejar. Miradas hacia el horizonte cual telenovela de tarde, una protagonista británica que llega con estilazo al sitio donde han encontrado el cadáver de su hermano en Almería a más de 20 años de su desaparición, narcos cantarines felices de la vida al sol de Ibiza y unos villanos evidentes salidos de la versión barata de Narcos. Esa introducción ya me provocaba un rechazo rotundo.

Pero siendo consciente de que tenía las papeletas para triunfar al ser la hermana menor de una serie con tirón como La  casa de papel, le di otra oportunidad el domingo. Y la dejé en continuado, sin lograr ese enganche que una buena serie nos provoca (últimamente me pasó con La conjura contra América en HBO, La unidad en Movistar, la docuserie de Michael Jordan, El último baile y la tercera temporada de Ozark (ambas en Netflix) por si les sirve de recomendación).

White Lines cuenta la historia de Zoe, una mujer de Manchester que llega a Ibiza para intentar descubrir quién asesinó a su hermano hace más de veinte años. El joven DJ había desparecido sin dejar rastro, marcando la vida y salud mental de la protagonista.

Allí se cruza con amigos del pasado, narcotraficantes, una familia poderosa y personajes de todo tipo, pasando de un problema a otro para dar alas a la trama y así estirarla hasta sus diez episodios, y solo para llegar a un desenlace que deja entrever los rellenos del guion para completar una temporada. Incluso podemos encontrar algunas incoherencias curiosas, como que Juan Diego Botto a sus 44 añazos interprete al hijo de Belén López (con 50 en la vida real) y Pedro Casablanc (con 57). Y vamos, no me dan las cuentas. ¿Eran niños cuando lo tuvieron o es adoptado? ¿O me tengo que creer que Juan Diego pasa por un treintañero?

Confieso que tengo mi teoría para explicar por qué triunfan estas series de argumentos vacíos y planos adornados de clichés repetitivos que, al menos a mí, me hacen sentir el deseo de darle al botón de saltos de 10 segundos demasiado a menudo. Para empezar, Valeria y White Lines son lo más visto en este momento en la plataforma, algo que pueden haber conseguido en primera instancia por estar apoyadas por dos fenómenos que les permitieron llegar más fácil al público: las exitosas novelas de Elisabet Benavent para la primera, y el nombre de Álex Pina y La casa de papel para la segunda.

Sin embargo, esto podría aplicarse para que el primer episodio llame la atención, pero si no son de lo mejorcito en el mundo de las series ¿por qué son lo más visto de Netflix? Reconozco que quizás sea mi percepción o mi ojo crítico por mi labor profesional -para gustos hay colores- porque tras hacer un repaso en redes sociales he notado una gran cantidad de apoyo por parte de aquellos que aplauden las series de Álex Pina, mientras muchos usuarios de habla inglesa parecen ser más duros que los de habla hispana. Quizás porque en España existe un orgullo diferente al tratarse de un producto nacional y hay una pasión fan hacia el trabajo de este guionista.

Pero, en mi opinión, creo que si White Lines y Valeria están teniendo éxito quizás se deba a la necesidad de ver historias fáciles que no demanden mucho de nuestra atención. Hemos visto tantas series y películas durante la cuarentena, y son tantos los titulares, problemas, dudas y miedos que nos rodean en este momento en particular, que más de uno seguramente busque historias de fácil seguimiento, de esas que no invitan a sacar conclusiones ni a pensar más de la cuenta, sino que distraen sin más. Y eso es lo que ofrecen Valeria y White Lines, un argumento sin gran esfuerzo.

Si bien no puedo decir grandes cosas de La casa de papel, ni pude aplaudir a Valeria (que en este caso tampoco ha gustado a los lectores de las novelas), lo de White Lines va un poco más lejos. Un perrito drogado por accidente, dando volteretas y excitado ¿se supone que es gracioso? Que la protagonista dispare con un arpón en la pierna a un supuesto criminal, ¿la hace heroína o se supone que es cómico? ¿Que propicie una persecución policial y se vaya de rositas, es normal? Que haya un alarde constante de mostrar a jóvenes consumiendo pastillas junto a los flashbacks de Alex enfrentándose a un juez como si fuera un héroe juvenil de su generación, aleccionándolo sobre la mejor manera de vivir la vida libremente ¿es el primer mensaje de la serie? Porque al principio es constante.

Hay a quien le llama la atención la falta de promoción de la serie en las redes sociales de Netflix, sobre todo en el día del estreno siendo la hermana pequeña de un fenómeno tan aprovechable para el marketing como La casa de papel. Recién el lunes la promocionaron con un tuit cuando el viernes lo dedicaron casi de lleno a publicar mensajes sobre OT: la película. Pero ahora, viendo el resultado completo, quizás es que daban por sentado su éxito o por su calidad no han querido darle mucho bombo. Es una teoría, pero quien sabe.

White Lines (Nick Wall, cortesía de Netflix)
White Lines (Nick Wall, cortesía de Netflix)

Orgías con desnudos que no vienen a cuento, complejos de Edipo, más asesinatos a plena luz del día y una trama que pasa de misterio policial al drama romántico para volver de repente al principio. Una serie de estructura vaga pero que, en resumen, cuenta con elementos que al público siempre atraen: un misterio que resolver, narcotraficantes y, para dar el puntazo final, es made in Spain, siendo un producto que actualmente el público español está más que por la labor de darle una oportunidad. Todo esto y la necesidad de historias que no requieran de un enganche intelectual debido a la cuarentena podrían explicar el bombazo de White Lines. O sino, si alguien tiene otra teoría, soy todo oídos.