Antes de la pandemia, los rostros de los siete últimos directores generales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) eran casi irreconocibles para el público, pero todo ha cambiado con el octavo. Tedros Adhanom es el actual máximo responsable del ente, el primer director procedente de África y que no es médico de profesión.

Este etíope que lleva al frente de la organización desde 2017 está viviendo el momento más complejo de la historia de la OMS, un escenario que, según algunos líderes mundiales, le viene grande.

El Dr Tedros, como le gusta que le llamen por su doctorado en Filosofía en salud comunitaria, navega entre dos aguas, entre dos océanos que le arrastran con fuerza y tambalean su prestigio con un vigor demasiado incómodo. Estados Unidos le acusa de haber sido negligente en el diagnóstico del Covid-19 y de haber ayudado a China a minimizar los datos iniciales del virus; como consecuencia, ha dejado de ser el primer contribuyente económico de la OMS.

El gigante asiático, por su parte, es el máximo proveedor de material médico. Tedros aguanta la tempestad mientras insiste en que no es buena idea politizar el virus; pero ya es demasiado tarde. 

El destino ha querido que él sea el gestor de una crisis sanitaria sin precedentes en el último siglo y resaltan varios aspectos fundamentales que son necesarios para entender a este personaje que, para lo bueno o para lo malo, ya tiene guardado un hueco en la historia.

Si hay un episodio que marcó sus orígenes en Etiopía, ese fue el fallecimiento de su hermano menor cuando tenía cuatro años de edad. Según afirmó en una entrevista a la revista Time, Tredos se dio cuenta más adelante de que el sarampión había sido la causa.

El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. (Getty Images)
El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. (Getty Images)

“No lo acepté; no lo acepto ni siquiera ahora”, afirmó sobre cómo le costó asumir la injusticia de que un niño muriera de una enfermedad evitable sólo porque nació en el lugar equivocado, en un país donde la fragilidad de la población era total. Su hermano fue una víctima más de los millones que se podían (y pueden evitar) en el mundo, y de ahí nació su compromiso de estudiar Microbiología, de erigirse como un investigador clave en la lucha contra la malaria, y de liderar un movimiento internacional que aboga por un sistema universal de salud.

Su carrera se inició como funcionario en el Ministerio de Salud del Derg, la junta militar marxista-leninista que gobernó Etiopía desde 1974 a 1987. Vivió los dos últimas años de la dictadura de Mengistu Haile Mariam, y debido a su juventud, no estuvo involucrado en las atrocidades del Régimen, un hecho que ha maquilló su pasado en beneficio de su porvenir. Fue Ministro de Salud del país entre 2005 y 2012, y su legado cuenta con dos aristas bien definidas y no exentas de polémica.

Afirman los expertos que el impacto de sus decisiones para mejorar la salud en Etiopía fue indiscutible durante su mandato al frente del ministerio. Brillante a la hora de encontrar financiación e inversores, así como en las relaciones públicas, el flujo económico que recibió de diversas organizaciones y países le llevó a encabezar importantes mejoras en el acceso a la atención básica de la salud y colocó el sistema en un pedestal que fue la envidia de África.

En sus primeros tres años construyó 4 mil centros de salud, formó a 30 mil sanitarios, contribuyó al descenso del 30 por ciento en mortalidad infantil, defendió el derecho al aborto, combatió con éxito la tuberculosis, la malaria (aunque se le atribuyen muchos errores en su gestión) y el SIDA.

Aunque los éxitos de su gestión no pasaron desapercibidos por la comunidad internacional, su currículum tiene una mancha imposible de eliminar que sus detractores no dudan en relacionar con un evento actual que está bajo investigación por parte de Australia: encubrir las cifras reales de los efectos del coronavirus en China.

Este precedente le hace flaco favor a su defensa ya que fue acusado de restar importancia a una serie de brotes de cólera con el fin de salvaguardar su reputación ante inversores del calibre de EE.UU., Reino Unido y la Fundación Bill y Melinda Gates. A Tredos se le acusó de ser incapaz de controlar la enfermedad y de minimizar los contagios al catalogarlos como “diarreas”. 

El director de la OMS, Tedros Adhanom y el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi. (Getty Images)
El director de la OMS, Tedros Adhanom y el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi. (Getty Images)

Otro de los argumentos que sus enemigos usan contra él en la polémica actual de haber sido, potencialmente, demasiado permisivo o confiado con China tiene que ver con su etapa como ministro de Asuntos Exteriores de Etiopía (2012-2016). Según publica Político, su designación en tal ministerio fue un movimiento deliberado debido a su buena relación con el gigante asiático. Tedros se reunía regularmente con altos funcionarios chinos, juntos formaron parte de proyectos comunes y su buena reputación en Beijing le sirvió para postularse como director general de la OMS.

Fue elegido entre 32 candidatos y desde su primera comparecencia de prensa como máximo mandatario de la OMS, Tedros mostró un carácter abierto y distendido que contrasta con el de sus predecesores. Tras lidiar con crisis como la del Ébola, la pandemia actual era algo de lo que avisó a la comunidad internacional, una medalla que no se le llegó a colgar por la lentitud en identificar la magnitud de las infecciones.

A pesar de que los primeros casos en China fueron diagnosticados – de manera oficial – en diciembre, no fue hasta el 30 de enero cuando Tedros anunció que se trataba de “una emergencia de salud pública de interés internacional”, en aquella conferencia de prensa también resaltó que “no tenía palabras” para agradecer a China la rapidez para detectar el virus, aislarlo y compartir de inmediato de la secuencia del genoma para que otros países pudieran diseñar tests de detección. 

Preliminary investigations conducted by the Chinese authorities have found no clear evidence of human-to-human transmission of the novel #coronavirus (2019-nCoV) identified in #Wuhan, #China🇨🇳. pic.twitter.com/Fnl5P877VG— World Health Organization (WHO) (@WHO) January 14, 2020

Aquellas palabras unidas a un tweet anterior del 14 de enero en el que desde la OMS se afirmó que no existía “ninguna prueba clara de transmisión entre personas”, y a la declaración de pandemia que se confirmó dos meses después, provocaron la reacción de Donald Trump, quien ha afirmado por activa y por pasiva que se perdió mucho tiempo para reaccionar contra el virus.

Las acusaciones del presidente de EE.UU. contra la OMS no le eximen de su responsabilidad en la gestión del virus en su territorio nacional, pero sí ha logrado mover los cimientos de una organización cuyo 14 por ciento de financiación proviene del país norteamericano. Eso no ha gustado a los directivos y en plena guerra de prestigios entre EE.UU. y China, Tedros y la OMS han salido perjudicados. 

Apenas hay países que se salven de no haber mostrado signos de escepticismo y negación en los primeros compases de la pandemia y está por ver cómo afectan las distintas gestiones al porvenir de los mandatarios que tardaron en tomar medidas por proteger a sus economías.

Pocos esperaban, en cambio, que la reputación de la OMS estuviera en entredicho y esté siendo motivo de investigación por una posible negligencia mientras continúa luchando, amparada por un historial de incuestionable impacto positivo en preservar y avanzar en la salud mundial, por encontrar una solución que garantice el bienestar de la humanidad.