CABIMAS, Venezuela (AP) — No hay nadie que esté sufriendo de las consecuencias ambientales del colapso de la industria petrolera de Venezuela más que los humildes pescadores en las aguas sucias y negruzcas del Lago Maracaibo.

El célebre lago del occidente de Venezuela, ubicado en una zona de intensa producción petrolera, ahora se ha convertido en un desolado lodazal de donde emana crudo de oleoductos y plataformas resquebrajadas. Gran parte de la sustancia oleaginosa cubre los pescados y mariscos recogidos por los pescadores, que deben limpiarlos y fregarlos antes de poder venderlos para la exportación.

Las manchas cubren las lanchas pesqueras y les malogran los motores y redes. Al final de cada acalorado día, los pescadores se lavan afanosamente las manos y pies con gasolina pura. Les salen erupciones en la piel pero dicen, resignados, que ese el precio que deben pagar para poder subsistir.

“Esto es como el fin del mundo”, dice Lenin Viera, de 28 años, uno de los pescadores que reconoce la dura realidad del trabajo allí, en las cercanías de la ciudad de Cabimas: Si no salen a pescar, sus familias no comen.

Venezuela tiene las reservas de crudo más abundantes del planeta, hecho que convirtió al país _ uno de los fundadores de la OPEP _ en uno de los más prósperos hasta fines de la década de 1990. La ciudad de Maracaibo, que le dio nombre al lago, con más de un millón de habitantes, se ganó el apodo de “la Arabia Saudí de Venezuela” debido a sus lujosos restaurantes y tiendas y al descomunal puente de 8,7 kilómetros (5,4 millas) de largo que cruza el lago.

Pero atrás quedaron los días de prosperidad. La producción petrolera venezolana ahora es apenas una quinta parte de lo que era hace dos décadas. Muchos atribuyen la crisis a la “revolución socialista” del ahora fallecido Hugo Chávez. Su sucesor, el actual presidente Nicolás Maduro, dice que la culpa la tiene una “campaña imperialista” lanzada por Estados Unidos para derrocarlo.

Expertos ambientales dicen que la contaminación petrolera en el Lago Maracaibo comenzó en la década de 1930, cuando se cavó allí un canal para permitir la navegación de buques petroleros grandes. En poco tiempo entró agua salada de mar, lo que mató a parte de la fauna lacustre. Aparte de eso, se desarrolló la agricultura en la zona cercana al lago, lo que vertió fertilizantes a sus aguas y destruyó parte del ecosistema.

Ni el ministerio de comunicaciones de Venezuela ni el presidente de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) respondieron a pedidos de comentario para este reportaje.

Hoy en día, el lago es un desolado lodazal donde los desechos sucios y manchados aparecen en la ribera. Un hedor fétido permea la zona y llega a las aldeas aledañas, de viviendas humildes hechas de ladrillos y techos de zinc.

Esa no es la realidad que vislumbraba Yanis Rodríguez, hoy de 37 años, cuando empezó a pescar allí siendo adolescente. En ese entonces soñaba con comprarse un carro nuevo y mandar a sus hijas a una escuela privada.

“Ya no sueño eso”, declaró Rodríguez, quien vive bajo un régimen de racionamiento de electricidad y a duras penas consigue agua limpia para beber, bañarse o lavar. “Aquí las cosas van de mal en peor”.

Aparte del riesgo a la salud que implica vivir cerca de aguas contaminadas, hay peligros más inmediatos. Una explosión dejó gravemente quemados a tres pescadores recientemente cuando encendieron el motor de su lancha justo en el lugar donde vertía un escape de gas, envolviéndolos en llamas.

Los residentes locales dicen que la primera vez que vieron manchas de petróleo en la orilla fue a comienzos del gobierno de Chávez, cuando la industria petrolera empezó a deteriorarse. A medida que los empleados de PDVSA huían del país en busca de empleos mejor remunerados, la infraestructura cayó en el deterioro y el desuso.

En una zona cercana llamada Punta Gorda, una calurosa tarde reciente, un grupo de pescadores sacaba cangrejos del agua, un producto que empezó a ser exportado a Estados Unidos luego que un empresario petrolero de Luisiana en 1968 detectó gran cantidad en el lago y se lo contó a su hermano, que estaba en la industria del marisco.

Los pescadores, descalzos, contaron hasta tres y empujaron juntos la lancha hacia el lago, en medio de las aguas manchadas de petróleo. De dos en dos colocaron las cajas sobre la balanza para pesarlas mientras los cangrejos se agitaban en un intento desesperado de soltarse.

Los pescadores sacaban uno a uno cada cangrejo manchado de petróleo y lo tiraban en recipientes. Sus esposas, sentadas en la sombra de una choza cercana, limpiaban el producto con trapos y cepillos de dientes, y a veces chillaban cuando una de las tenazas les pellizcaba.

Seguidamente la carga es colocada en camiones para ser llevada a plantas procesadoras, de donde será comercializada en otras partes de Venezuela o exportada a la vecina Colombia o a Estados Unidos. En ninguna parte se informa que el producto fue sacado de aguas contaminadas.

Cornelis Elferink, profesor de farmacología y toxicología de la Universidad de Texas en Galveston, dijo que el ingerir ocasionalmente cangrejo recogido de aguas contaminada probablemente no implica un riesgo a la salud. Elferink no ha inspeccionado los productos que salen del Lago Maracaibo, pero encabezó un sondeo de cinco años sobre la contaminación de la fauna marina tras el derrame petrolero en el Golfo de México ocurrido en el 2010.

Sin embargo, Elferink considera que los que sí están en grave riesgo son los pescadores, que deben trabajar en un ambiente contaminado día tras día. El agua oleaginosa, los vapores tóxicos y la ingestión diaria de los productos contaminados pueden causar una gran variedad de enfermedades como dificultades respiratorias, lesiones dérmicas e incluso cáncer, estimó.

“Esos pescadores venezolanos tienen una existencia infernal”, declaró Elferink. “Están en el epicentro de todo”.

Simón Bolívar, de 53 años, dice que ha sido pescador en el Lago Maracaibo desde que tenía 7 años de edad. Al igual que sus compañeros, termina todos los días hundiendo sus pies en un recipiente de gasolina y lavándose el petróleo de sus manos y rostro. Dice que ya está acostumbrado al ardor en la piel.

Con la crisis política y la escasez de alimentos que afectan a Venezuela, Bolívar ha perdido 21 kilos (46 libras) en años recientes, y mantiene a su familia básicamente gracias a los cangrejos y otros productos que saca del lago.

“Deberíamos tener miedo”, dice Bolívar, bautizado con el nombre del prócer independentista sudamericano. “Si no pescamos, ¿qué comemos? Nadie va a venir a salvarnos”.

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