CIUDAD DE MÉXICO (AP) — En poco más de una semana, México ha pasado de ver a su presidente dando besos y abrazos en sus giras a escuchar el primer llamado duro del gobierno para que la gente se quede en casa. El mensaje parece claro: la oportunidad de contener el avance del coronavirus en el país es ahora o nunca.

Pero a pesar del endurecimiento del discurso oficial falta aún ver que la gente lo lleve a la práctica en su vida cotidiana porque todavía se ven lugares operando como si nada, por ejemplo, en mercados callejeros. Tampoco se trata de medidas obligatorias, como en otros países.

“Hacemos un llamado enérgico, enfático, inconfundible a quedarnos en casa”, dijo este fin de semana el subsecretario Hugo López-Gatell, el portavoz del gobierno en la crisis. “Esto es impostergable, es nuestra última oportunidad de hacerlo y hacerlo ya”, agregó el alto funcionario con un rostro más serio.

Añadió que el gobierno no quiere tomar medidas como el estado de excepción o la suspensión de garantías constitucionales por las que han optado otros países, aunque no las descartó.

“Todas las posibilidades están y el marco legal de México lo contempla, pero quisiéramos no llegar a ese punto porque, además, si llegamos a ese punto es porque es demasiado tarde”, señaló.

Utilizar a las fuerzas del orden público para cumplir la recomendación de quedarse en casa es un tema especialmente delicado en un país donde millones de mexicanos viven al día y muchos de ellos desconfían de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, cerrar los lugares donde se congrega gente y confiar en que la ciudadanía atienda consejos no obligatorios no parece suficiente, máxime si el propio presidente no es tan contundente como su gabinete.

“El coronavirus no es la peste”, afirmó Andrés Manuel López Obrador en un video grabado el domingo a su paso por Sinaloa y en el que pide a los mexicanos quedarse en casa, con un tono mucho más suave que López-Gatell.

La actividad general solo se ha reducido un 30% en la última semana, un porcentaje totalmente insuficiente según el gobierno. En la capital, grandes avenidas y zonas acomodadas estaban casi desiertas este fin de semana, pero se mantenían muchos mercados callejeros sobre todo en las zonas más populares de la megalópolis, aunque con menos asistencia de la habitual.

Los políticos, “¿qué solución o qué opciones dan?”, se preguntaba Susana Ruiz, una comerciante que trabaja junto con toda su familia cada día en un mercado distinto de Ciudad de México. “¿Y qué hace uno? ¿van a decir ya no salgan?”, agregó el domingo, mientras esperaba a clientes en su puesto de verdura en un tianguis al norte de la capital y tras asegurar que gente como ellos no se pueden permitir estar en cuarentena.

México tuvo un punto de inflexión el 23 de marzo, cuando tenía poco más de 350 contagiados y el gobierno lanzó su campaña de mantener la “sana distancia”. Sólo cuando los casos confirmados superaron los 800, este fin de semana, y la curva de la epidemia comenzaba a ascender de forma exponencial, las autoridades sanitarias cambiaron notablemente el tono del discurso.

El gobierno federal suspendió esta semana toda actividad no esencial, pero López Obrador mantiene sus giras, aunque con menos público.

Sus críticos, no obstante, aumentan. Cada vez son más las voces que consideran que las medias tomadas contra el COVID-19 son demasiado laxas mientras gobiernos locales y estatales, el sector privado o la propia sociedad se les adelantaban poniendo en marcha cuarentenas voluntarias, suspendiendo la producción en fábricas o parando actividades y pidiendo el aislamiento.

“Si fuera tan peligroso ese virus, ya habrían cerrado el metro digo yo”, ponía como ejemplo Esperanza Rivas, una mujer de 50 años de Iztapalapa, el barrio más poblado de la capital, y que no se acababa de creer su gravedad.

López Obrador pidió redoblar el “sacrificio” y la “obediencia” para poder combatir la pandemia, pero insiste en que su prioridad es pensar en los más vulnerables y no afectar más de lo necesario la economía. Los expertos subrayan que no se puede elegir entre salud y economía, ambas deben ser prioridades.

A un mes de que detectara el primer caso del COVID-19 en México, el país mantiene sus comunicaciones aéreas y terrestres y sus fronteras abiertas, aunque con controles. En el caso del norte se establecieron restricciones a turistas, pero son muchos los ciudadanos fronterizos que dicen que afectan más a los mexicanos que a los estadounidenses que entran al país. Eso pese a que Estados Unidos es el que registra el mayor número de contagios del continente.

En la mayoría de las personas, el COVID-19 provoca síntomas leves o moderados, pero puede ser grave e incluso provocar la muerte en adultos mayores y gente con trastornos previos, como la diabetes o la obesidad, males muy extendidos en el país y el gobierno ya ha advertido que, pese a todas las medidas, hay riesgo de que los hospitales se saturen.

Analistas internacionales han alertado que en muchos países el número de contagios puede ser mucho mayor del que sus gobiernos reconocen porque no se hacen las suficientes pruebas y aunque el gobierno mexicano asegura que no oculta datos es indudable que muchos mexicanos de los sectores más desprotegidos solo acudirán al médico si los síntomas son graves.

Más de la mitad de los trabajadores mexicanos están en el sector informal, un 48% viven en la pobreza y un porcentaje casi igual, según datos oficiales, pasan sin acceso diario al agua.

“Yo diría que hay consenso de que las pruebas no han sido emplazadas en la forma en que deberían”, afirmó Eduardo González Pier, exsubsecretario de Salud y miembro del Instituto México en el centro de investigación Wilson Center. “Y a menos de que se permita la realización de pruebas generalizadas en el sistema, va a ser muy difícil, o incluso realmente complicado, medir la magnitud del problema”, agregó.

El coronavirus ha llegado ya a la elite política y económica mexicana -dos gobernadores, el de Hidalgo (centro del país) y el de Tabasco (al sureste) dieron positivo, así como empresarios o legisladores-, y aunque el presidente estuvo hace días con alguno de ellos, López-Gatell descartó que el mandatario se fuera a hacer las pruebas porque no tiene ningún síntoma.

No obstante, López Obrador, que sigue desplazándose por el país en vuelos comerciales, aclaró en el video publicado el domingo que le tomaron la temperatura en su último viaje como al resto de pasajeros y que no tenía fiebre.