El papa Francisco emprende el viernes un viaje de tres días a Rumania con un mensaje de concordia para ese país ortodoxo, donde la minoría grecocatólica tarda en superar los sufrimientos vividos en la época comunista.

El viaje, con el lema “Caminemos juntos”, se produce veinte años después de la visita de Juan Pablo II a ese país, el primer pontífice que visitaba un país ortodoxo desde el cisma del 1054 entre Roma y Bizancio.

La visita entonces de Juan Pablo se limitaba a Bucarest, una condición impuesta en su momento por el Patriarcado de ese país y resultó un momento clave para el acercamiento entre las dos Iglesias.

Francisco en cambio recorrerá entres días buena parte de Rumania, un país de 20 millones de habitantes y compuesto por un mosaico de religiones y lenguas, con dieciocho minorías oficialmente reconocidas.

Los dos grupos étnicos minoritarios más importantes son los húngaros y los romaníes, el pueblo gitano, que espera con impaciencia la visita del papa defensor de los pobres y discriminados.

“Será un momento único”, contó a la AFP la anciana María, una rumana que reside en Estados Unidos, quien viajó para la ocasión.

El punto culminante del viaje será la misa al aire libre que celebrará el sábado en una región rural del centro-oeste, que es también la capital de la minoría húngara.

Más de 110.000 personas se han registrado para asistir a la misa en el santuario mariano de Sumuleu Ciuc (centro), un importante lugar de peregrinación católica.

En el seno de la comunidad católica rumana, compuesta por 1,2 millones de fieles, sobrevive un pequeño grupo de grecocatólicos (200.000 personas), llamados también uniatas, a los que el papa dedicará una atención especial.

La mayoría de esos católicos de rito bizantino, que obedecen al papa, residen en Transilvania (centro). Su confesión es producto de una escisión dentro de la ortodoxia que se remonta a finales del siglo XVII, cuando esa zona montañosa formaba parte del Imperio Austrohúngaro.

“Superemos temores y sospechas”

Bajo el régimen comunista, esa Iglesia fue declarada ilegal y sus fieles y jerarcas fueron perseguidos.

Para honrar su memoria, el papa beatificará el domingo en Blaj a siete obispos uniatas, que fueron detenidos y torturados por agentes del régimen comunista en 1948 y murieron en total aislamiento.

“Voy como peregrino y hermano”, adelantó el papa tras recordar a los mártires de los tiempos recientes, “aquellos que sufrieron, hasta el punto de ofrecer sus vidas, una herencia demasiado valiosa para ser olvidada”, dijo en el vídeo enviado el martes al pueblo de Rumania.

Francisco aterriza en Bucarest, “isla” latina en “un mar eslavo” dominado por la ortodoxia mundial.

La iglesia ortodoxa rumana está “abierta al diálogo ecuménico”, explicó en una charla Teodor Baconschi teólogo y ex embajador de Rumania ante la Santa Sede.

A excepción de una oración en la catedral de la capital, el patriarca ortodoxo Daniel y el papa no van a aparecer juntos en público, lo cual es interpretado por algunos observadores como una señal de desconfianza por parte de la iglesia rumana.

Francisco, empeñado en construir puentes con los otros cristianos, reiteró su deseo de diálogo con los ortodoxos durante su viaje hace tres semanas a Bulgaria.

“Superemos los temores y las sospechas, eliminemos las barreras que nos separan”, pidió el papa en el video enviado a los rumanos.

En los últimos años ha crecido en Rumania la posición conservadora de rechazar las propuestas ecuménicas del pontífice argentino.

Ahora es raro ver a sacerdotes de ambos cultos celebrar juntos misas o servicios religiosos como bodas o entierros, como ocurría en el pasado.

Por otro lado no ha habido ningún progreso en el espinoso asunto de la devolución de las iglesias ortodoxas confiscadas en 1948 por el régimen comunista.

Criticada por su connivencia con el poder político, la iglesia rumana apoyó el año pasado un referéndum con tintes homófobos convocado por el gobierno para prohibir el matrimonio homosexual.

Boicoteada por los votantes, la consulta fracasó.

El papa Francisco, en una zona de tensiones entre los húngaros de Transilvania

El punto culminante de la visita del papa Francisco a Rumanía será una misa gigante el sábado en Transilvania, acontecimiento que es percibido por las autoridades locales como un reconocimiento de la identidad húngara de esta región con veleidades autonomistas.

Unas 200.000 personas deben acudir a la misa, en un santuario campestre donde Francisco oficiará al aire libre, a pocos kilómetros de Miercurea Ciuc, pequeña localidad del centro-oeste del país.

Al pie de los Cárpatos, “es el más importante lugar de peregrinaje católico-romano del sudeste de Europa”, donde son mayoritarios los ortodoxos, explica a la AFP el padre Ede Csont, uno de los organizadores de esta etapa incluida en el periplo de tres días del pontífice por Rumania.

La mayoría de los fieles que acudirán a escuchar al papa son rumanos de lengua y cultura húngaras, como muchos habitantes de Transilvania, un territorio tardíamente integrado a Rumania tras el desmantelamiento del imperio de los Habsburgo en 1918.

Un siglo después, esta comunidad mantiene su particularismo y una cierta desconfianza frente al Estado central de Bucarest.

En este delicado contexto identitario, “Caminemos juntos”, el eslogan del papa para su viaje a Rumania, “no va a ser fácilmente aplicable”, explica el alcalde de Miercurea Ciuc, Robert Kalman Raduly, que reconoce la dificultad de conciliar los intereses de las autoridades locales y nacionales.

Raduly, ardiente defensor del particularismo húngaro, fue condenado en marzo por la justicia rumana por haber impuesto a todos los empleados municipales hablar húngaro.

– Influencia de Budapest –

La mensajería vocal de la municipalidad ya da el tono; el anuncio se hace primero en húngaro antes de ser repetido en rumano.

Además, la mayoría de los 39.000 habitantes de Miercurea Ciuc llaman sistemáticamente a su ciudad por su nombre húngaro, Csikszereda, y responden espontáneamente al visitante en húngaro.

El gobierno de Budapest anunció la presencia en la misa papal del presidente húngaro, Janos Ader, y de un representante del gobierno húngaro de Viktor Orban, lo que visiblemente incomoda al ejecutivo de Bucarest, que no anunció aún la presencia de algún responsable.

Un fuente cercana al gobierno rumano admitió a la AFP la “circunspección” de las autoridades teniendo en cuenta las presencia de responsables húngaros y de posibles “provocaciones”.

Desde su llegada al poder en 2010 el dirigente nacionalista Viktor Orban cuida a los magiares que viven en los países vecinos a golpe de inversiones locales y subvenciones a las iglesias, escuelas o asociaciones de la diáspora.

El gobierno de Orban ha otorgado la nacionalidad húngara a más de un millón de ciudadanos de países vecinos, un verdadero vivero electoral.

Rumania tiene 1,2 millones de habitantes de origen húngaro, es decir 6,5% de la población del país. Transilvasnia fue integrada en Rumanía por el Tratado de Trianon que, tras la primera guerra mundial, amputó a Hungría de dos terceras partes de su territorio.

Bucarest reconoce a esta minoría derechos culturales y lingüisticos, en particular en escuelas donde la enseñanza se hace en húngaro y en rumano, pero rechaza las reivindicaciones de autonomía regional por la que abogan los más radicales.

Budapest ha entregado 500.000 euros para renovar el santuario donde Francisco celebrará la misa, lo que es una “ayuda” y “no una injerencia”, según precisó el ejecutivo húngaro.

Por otro lado, la visita del papa suscita una cierta turbación entre algunos católicos húngaros, sensibles a la cruzada antimigrantes del gobierno Orban, afirma Boroka Paraszka, periodista de idioma húngaro en la radio rumana.

“A diario pasamos comentarios de oyentes que se preguntan qué vien