China está en medio de una feroz batalla para rescatar su reputación.

El papel de los funcionarios chinos en la pandemia y la estrategia que implementaron para imponer su control sobre Hong Kong produjo un incendio que ahora quieren apagar a toda costa. Su estrategia tiene dos partes. La primera, vender la historia de China: enfatizar su éxito en la lucha contra el coronavirus y tratar superficialmente sus errores iniciales. La segunda, atacar a quien intente manchar la imagen del país.

El presidente Xi Jinping les ha dejado esta batalla a sus subordinados. Mientras Estados Unidos flaquea y el mundo está cayendo en una crisis, hay una campaña más importante que tiene ocupado al mandatario chino: asumir el control de las instituciones internacionales que manejan el mundo, como la Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas.

El plan tiene un título convenientemente benigno e inocuo: “Comunidad con un futuro compartido para la humanidad”. El concepto, primero propuesto por Xi en 2013 y presentado en Naciones Unidas dos años después, gira en torno a la importancia de consultar y dialogar, de integrar y consensuar, de la cooperación benéfica para todos y los beneficios compartidos. En resumen, es completamente vago. No contiene puntos de acción específicos ni esbozos tangibles de un nuevo orden mundial.

Ese es el punto.

Contrario a lo especulado, China siempre ha mencionado que no busca derrocar el orden mundial. Deberíamos poner atención. ¿Por qué China se echaría encima el problema de invertir el orden mundial cuando simplemente puede tomar el control, total e intacto?

Después de todo, China es el principal beneficiario de la globalización. Ha usado sistemáticamente las instituciones multilaterales que lidera Occidente, como la Organización Mundial de la Salud, para promover sus intereses e influencia. Aunque sigue luchando por tener un mayor control sobre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, ha capturado con firmeza el liderazgo de cuatro agencias clave de Naciones Unidas que establecen reglas y normas internacionales (este año, casi reclama una quinta, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual).

Por lo tanto, no sorprende que en la actualidad China sea el segundo contribuyente financiero más grande de las Naciones Unidas: durante años ha fortalecido de una manera constante su influencia en las instituciones internacionales.

Lejos de abrir un nuevo campo de batalla, el plan chino es combatir en un territorio conocido. Su mensaje al mundo es simple: China está lista para ocupar el lugar que está dejando Estados Unidos al rehuir sus responsabilidades globales. Para un mundo exhausto y empobrecido a causa de la pandemia, es una propuesta seductora. Quienquiera que tome las riendas será bueno; pocos se cuestionarán su importancia para el orden global. El desarrollo y la estabilidad son las prioridades para la mayoría de los países, no las ambiciones de liderazgo de China.

Hay una buena razón detrás de la apuesta. La pandemia tal vez dejó al descubierto los defectos del sistema chino, pero también expuso muchas deficiencias de Occidente. Estados Unidos y Europa, con la carga de sus dificultades políticas y retos sociales, están luchando por contener un virus para el que no estaban preparados. Las instituciones del mundo que fueron creadas y que prosperaron después de la Segunda Guerra Mundial están desorientadas. El resto del mundo ha tenido que defenderse por sí solo lo mejor que ha podido.

China tropezó al inicio de la pandemia, es verdad. Sin embargo, Occidente parece estar perdiendo superioridad moral. Para cuando Estados Unidos elija a su próximo presidente, después de la que seguramente será una campaña divisoria que tendrá de fondo un desorden interno, China espera haber recuperado la confianza del mundo. Entonces, en definitiva, tendrá la ventaja.

Es difícil ser optimista ante esta posibilidad. El mundo necesita equilibrio: en este momento, el único país que tiene los medios para garantizarlo es Estados Unidos. En un nivel práctico, su liderazgo es indispensable.

No obstante, es más que eso. El mundo necesita que el liderazgo estadounidense recuerde que el respeto por la libertad y la dignidad humana es el mejor camino hacia un futuro compartido de la humanidad. El modelo de Pekín —donde un partido-Estado autoritario ensalza con determinación una mejoría económica por encima de la libre elección política— podrá lucir atractivo para algunos, pero no se puede emular de forma generalizada. Como depende de la historia y la particular cultura de China, el modelo solo puede funcionar allá. En contraste, la democracia se basa en principios universales que se pueden seguir en todas partes y los pueden seguir todas las personas.

“Siéntate bien en el bote pesquero a pesar de la fuerza del viento y las olas”, reza un famoso dicho chino. Estamos seguros de que China tiene la intención de soportar la tormenta.

Si Occidente no puede recuperar su fe en el poder universal de la democracia —desde India hasta Indonesia, desde Ghana hasta Uruguay—, China podría tomar el control del mundo, tal y como se encuentra en este momento.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company