Sin lugar a dudas, Leo Messi fue el hombre del partido en Wembley. Anotó dos goles y dio dos palos para acabar con un Tottenham. Tras el choque, el argentino habló con Movistar Liga de Campeones.

Partido: “Éramos conscientes de que con los resultados que veníamos trayendo había dudas. Nunca es fácil jugar de visitante en Champions y menos contra un equipo como el Tottenham. Hicimos un partidazo, el primer tiempo fue extraordinario y estamos contentos porque salió todo como quisimos”.

No era día para traiciones. El influjo de Wembley en la historia del Barcelona, donde el club ganó dos de sus cinco Copas de Europa mientras recitaba los salmos cruyffistas, pesaba demasiado. Y Ernesto Valverde, azotado por ser, simplemente, un tipo práctico al que las cosas del estilo le traen sin cuidado, renegó por fin de sus rutinas. De sus miedos. Y buscó el camino a la redención en el origen de todo. Sí, en el centro del campo. Ese lugar despreciado durante tanto tiempo en ese fútbol moderno en el que el músculo, la pata de palo y el pulmón amenazan de muerte al cerebro.

El Barcelona, revitalizado y orgulloso, reclamó el balón y rindió pleitesía a su estadio fetiche con su segundo triunfo en la presente Champions. Messi hizo de Messi. Fue el mejor. El destino siempre estuvo en sus botines, pero también en los palos (dos más en Londres, nueve esta temporada). Nada que corrompiera su empeño ni su conexión con Alba. Coutinho, por fin como falso extremo zurdo, atacó tan bien como defendió las subidas de Trippier. El Tottenham de Pochettino, con cinco bajas y el portero Lloris recién salido de una lesión, se revolvió cuanto pudo. Su esfuerzo fue encomiable, pero insuficiente.

Decía la lógica engendrada en la obra de gobierno de Valverde que el técnico azulgrana, ante el deprimente despliegue de su equipo en la Liga, volvería al 4-4-2 y quitaría a un delantero (Dembélé) para incrustar hormigón en el eje (Arturo Vidal). Pero nadie tocó el 4-3-3 y quien asomó en Wembley fue el menudo Arthur Melo. Un chico brasileño muy educado y discreto cuyo gran valor es el del gobierno del balón. El de la pausa y la cordura. Ante la escasa esperanza de los jóvenes de La Masia, la hinchada ha encontrado metadona en Arthur.

Poco debía importar que el ex de Gremio sólo hubiera sido titular dos veces desde que llegara al Barcelona, en la final Supercopa de España, en agosto, y el día del empate del Girona en el Camp Nou. Ni un día ni otro llegó a estar una hora sobre el campo. En Wembley oxigenó a Busquets y escoltó a Rakitic. El estadio, por momentos hipnotizado, acabó aplaudiendo sus maniobras.

El gol más rápido del Barça fuera en la Champions

El fútbol, juguetón, hizo un guiño al Barcelona. Marcaron los azulgrana en el segundo 92, otro número repleto de mística. En cualquier caso, el tanto fue el más rápido fuera de casa de la historia del club en la Champions. La acción fue limpia. Arthur aguantó el empujón de Wynama, Busquets puso la pelota en los pies de Messi, y el argentino, desde la línea divisoria, lanzó la carrera de Jordi Alba. Una jugada de manual a la que Pochettino no puso remedio. Lo que quizá no esperaba el carrilero barcelonista es que Lloris saliera de la portería desorientado y sin saber muy bien qué hacer. Alba frenó, cedió a Coutinho y el brasileño, entre tres defensas pero sin portero bajo palos, exhibió sosiego y precisión en el disparo a gol desde la frontal.

El Tottenham, sin su mejor central (Vertonghen), sin su mejor pivote (Mousa Dembélé), y sin sus dos trescuartistas más imaginativos (Eriksen y Dele Alli), intentó subir la presión. Aunque, esta vez, el Barça encontraba en su juego motivos para la calma.

Pero la respuesta del Barcelona fue contundente. Ante el acoso, el golpe. Coutinho rescató un balón que parecía perdido y Rakitic dibujó una espectacular volea que parecía sentenciar el partido pese a que aún quedaba una hora por disputarse.

El Tottenham, pese a saberse inferior, no se rendía. Ter Stegen salvó tras un rebote traicionero y a Son le anularon un gol después de que Trippier tocara la pelota con la mano.

Quizá todo hubiera acabado en el amanecer del segundo acto. Fue entonces cuando Messi disparó dos veces a la madera ante la sorpresa de Lloris. Harry Kane, con la red como obsesión, encontró su momento para exhibir oficio. Su recorte a Semedo fue sólo el anticipo del tanto.

Una revuelta inglesa que Messi, asistido por Alba, trató de sofocar después de lograr su primer gol, por el que se había dejado el alma. Volvió a acercarse el Tottenham después de que Lenglet desviara un tiro de Lamela. El Barcelona resistió. Lenglet se ganó el perdón. Arturo Vidal ofreció la última bocanada de aire. Y La Pulga se ganó el homenaje en Wembley. En el mismo lugar donde Henry Cooper tumbó a Cassius Clay antes de que éste se levantara y se convirtiera en Ali, un dios terrenal. Apuntó Leo otra vez con sus dedos al cielo. A la altura de una noche en la que el Barça recordó de dónde viene. Sólo se trataba de eso.

 

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