Partidarios del presidente Jair Bolsonaro convocaron a manifestarse el domingo en todo Brasil para exigir que el Congreso, bajo sospecha de encarnar la “vieja política”, acelere la aprobación de las reformas prometidas por el mandatario ultraderechista.

Los actos, previstos en decenas de ciudades, surgieron de la iniciativa de los grupos más radicales del bolsonarismo, en momentos en que el exmilitar enfrenta, con menos de cinco meses en el poder, una erosión rápida de su popularidad y una ola de contestación en las universidades.

La amplitud de la movilización del domingo será cotejada con la de cerca de 1,5 millones de estudiantes y profesores que el 15 de mayo protestaron en cerca de 200 ciudades contra los bloqueos de presupuestos para la educación.

Bolsonaro, después de pensárselo un poco, dijo que no participaría en ninguna de las marchas y recomendó a sus ministros que hicieran lo mismo.

Pero solo tomó distancia a medias.

“Veo los actos del día 26 como una manifestación espontánea de la población, que de forma inédita se ha convertido en la principal voz de las decisiones políticas que Brasil debe tomar”, tuiteó el miércoles.

En un desayuno con periodistas el jueves, Bolsonaro estimó que el domingo habrá “mucha gente”; pero mostró preocupación por la proliferación de llamamientos en las redes sociales a favor de un autogolpe que cierre el Congreso y la corte suprema.

“Quien tenga esa agenda, se habrá equivocado de manifestación”, afirmó el presidente.

Las objeciones planteadas por legisladores y magistrados obligaron esta semana a Bolsonaro a modificar su decreto sobre el porte de armas, retirando una disposición que permitía a numerosas categorías de la población andar con fusiles semiautomáticos.

Y ahora el gobierno está inmerso en la batalla de la impopular reforma de las jubilaciones, considerada esencial para equilibrar las cuentas públicas.

El ministro de Economía, Paulo Guedes, amenazó con renunciar si esa reforma se convierte en una “reformita” después de tramitar en el Legislativo, en una entrevista publicada este viernes por la revista Veja.

“Una estrategia arriesgada”

Los principales apoyos a las manifestaciones vienen de núcleos tan diversos como los discípulos de Olavo de Carvalho, el “gurú” ideológico de Bolsonaro, de grupúsculos de ultraderecha, de líderes de iglesias neopentecostales y de algunos gremios de camioneros.

Otros colectivos de derecha -como el Movimiento Brasil Libre (MBL) y Vem Pra Rua, que tuvieron un papel clave en las marchas que respaldaron el impeachment en 2016 de la presidenta de izquierda Dilma Rousseff- se abstuvieron de cualquier llamamiento o se pronunciaron en contra.

Pero “tanto el éxito como el fracaso [de las manifestaciones] será atribuido a Bolsonaro”, afirmó Sylvio Costa, del sitio especializado en la cobertura del Parlamento Congresso em Foco.

“La idea [de los manifestantes] es defender al gobierno. Para los organizadores, hay un sistema político podrido, alguien que viene de afuera que quiere transformarlo y hay que darle apoyo”, agregó.

Debido a la fragmentación del Congreso, con una treintena de partidos, cualquier proyecto requiere el apoyo del “Centrao” (“gran centro” en portugués), formado por unos 200 diputados (de un total de 513) de bancadas conservadoras que negocian arduamente sus votos. Ese funcionamiento permitió la gobernabilidad de Brasil en las últimas décadas, pero también dio lugar a sonados casos de corrupción y contribuyó al desprestigio de la clase política, sobre el cual cabalgó la campaña electoral de Bolsonaro.

El analista Andre César, de la consultora Hold, también piensa que Bolsonaro adoptó una “estrategia arriesgada”, con peligros incluso en caso de que las concentraciones sean masivas.

“Sería un éxito aparente, porque los problemas empezarían después. En Brasil, el presidente no gobierna sin el Congreso”, dijo César a la AFP.

“El gobierno no tiene nada que ganar con esas manifestaciones. Quien está haciendo ese juego conoce muy poco de política”, advirtió.

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