Siguen llegando. Armados con réplicas de armas automáticas que disparan balas de salva, litros de sangre artificial y desastrosos acentos mexicanos, los cárteles están cruzando nuestra frontera desprotegida para llegar hasta los cines y los servicios de emisión en continuo.

Estos villanos de la pantalla torturan a sus enemigos, asesinan a estadounidenses buenos y podrían aparecer en cualquier parte. El año pasado, en Sicario: Día del soldado –una de por lo menos seis películas en las que el gran Benicio del Toro combate a capos latinoamericanos de la droga, o interpreta a uno– los relacionaron con el bombardeo de un supermercado en la ciudad de Kansas.

El criminal del cártel —ya sea un capo, un sicario o un narcotraficante de poca monta— se ha convertido en la imagen dominante de los latinos en la televisión y el cine estadounidenses. Desde luego, también es la imagen dominante de los latinos en el discurso del presidente de Estados Unidos.

Para cuando lleguen las próximas series de las televisoras, o la temporada de éxitos veraniegos en taquilla, los narcotraficantes latinos podrían superar la popularidad de sus más grandes rivales —los terroristas yihadistas y los mafiosos rusos— para convertirse en los principales villanos del cine y la televisión.

“¿Ustedes entienden que estamos lidiando con un virus?”, les pregunta un policía mexicano a sus colegas estadounidenses, refiriéndose a la corrupción alimentada por el narcotráfico que abruma a una ciudad mexicana ficticia en el drama televisivo SEAL Team. “Aquí, todos nacen infectados”.

Una y otra vez, los diálogos y las imágenes de las películas sobre cárteles asocian la identidad latina con el mal inherente y puro. Es hora de que Hollywood se pregunte: ¿qué mensaje le estamos enviando al público estadounidense cuando les pedimos a los actores latinos de este país que participen en una escena de asesinatos tras otra? ¿Acaso todo esto no se está volviendo algo cansado y predecible?

La calidad de estos dramas, en términos exclusivamente artísticos, varía muchísimo: desde Breaking Bad, la serie ganadora del Emmy, y la cinta de comedia no tan ilustre de 2013 We’re the Millers hasta Peppermint, que este año recibió muy malas críticas, así como La mula de Clint Eastwood, que fue bien recibida en términos generales. Sin embargo, repiten los mismos tropos: miembros latinos de pandillas que hacen muecas mientras ven amenazadoramente a los blancos confundidos; una reunión secreta en una hacienda mexicana, con tequila y mujeres latinas en bikini como agasajo visual en una piscina.

“Se ha vuelto un género. Puedes verlo”, le dijo Del Toro a The Guardian en junio. Respecto a las películas sobre drogas, dijo: “Se están convirtiendo en las nuevas películas de vaqueros”.

Por desgracia, este nuevo género no busca retratar los sucesos del pasado de Estados Unidos, sino más bien una supuesta amenaza real en el aquí y ahora. A finales de diciembre, el presidente estadounidense Donald Trump cerró partes del gobierno en respuesta al conflicto sobre el muro fronterizo que quiere construir con el fin de evitar que ingresen a Estados Unidos los inmigrantes que, según él, son delincuentes narcotraficantes. Jamás ha dejado de hacer declaraciones falsas y distorsionadas acerca de los peligros que constituyen los inmigrantes latinos. Mientras tanto, Hollywood ha estado creando guiones que venden la imagen de los latinos criminales que amenazan la paz y la seguridad de Estados Unidos.

En la abominable película Peppermint (2018), Jennifer Garner interpreta una fantasía trumpiana. Como madre suburbana cuyo esposo e hija fueron asesinados por narcotraficantes latinos, se convierte en una justiciera solitaria que acaba con una serie de asesinos latinos y destruye un almacén de piñatas que funciona como guarida de un capo de la droga. The New Yorker señaló que se trata “de una película racista que refleja la vertiente actual de política antiinmigrante y su enfoque paranoico respecto de la MS-13”.

Como los narcotraficantes en Peppermint, los chicos malos en las películas sobre latinos que libran la guerra del narcotráfico a menudo son una mezcla de tropos y estereotipos. Los dirigentes del cártel en SEAL Team parecen un ejército del Estado Islámico cuando lanzan un ataque similar al de Bengasi contra los héroes de la serie. Los estadounidenses se refugian en una iglesia mexicana y llaman a otros miembros de las fuerzas SEAL para que los rescaten. La serie se transmitió poco después de que Trump envió soldados a la frontera mexicana para detener una caravana de migrantes centroamericanos.

Hollywood se ha vuelto adicto a la narrativa del narco porque ofrece un cuento probado del bien y el mal a una escala épica.

La nueva serie de Netflix Narcos: México cuenta con la actuación excelente y matizada de Diego Luna como un hombre inteligente, emprendedor y con muchos defectos. Sin embargo, mientras veía cómo Luna construía su “imperio”, anhelé ver a un actor latino en un gran papel hollywoodense sin verlo dejar a su paso el reguero habitual de cocaína y cuerpos decapitados.


En La mula, Eastwood interpreta a un hombre mayor que se arrepiente después de toda una vida de alejar a su esposa y a su hija. Los narcotraficantes en realidad solo son sustitutos para fuerzas que están desintegrando a tantas familias estadounidenses: la rampante violencia generada por las armas y la lógica cruel del capitalismo. Los chicos malos en las películas de narcotraficantes siempre son hiperemprendedores despiadados, y en La mula, le dicen al personaje de Eastwood: “Nos perteneces”. En La mula, como en incontables películas de menor calidad, los estereotipos latinos se convierten en símbolos de lo indefenso que se encuentra el hombre blanco y también de sus deseos insatisfechos. Jason Bateman obtuvo una nominación a un Globo de Oro por su interpretación en Ozark de otro estadounidense más atrapado en las maquinaciones de un cártel mexicano.

Mientras tanto, en la vida real, los latinos están exteriorizando sus propias debilidades humanas y tratando de construir sus propios imperios privados, en campos que no involucran actividades criminales. Administran tu Walmart más cercano, estudian Derecho, se divorcian, asisten a convenciones donde se visten como personajes de cómics y hacen todo tipo de cosas que rara vez los vemos hacer en las películas y los programas convencionales de Estados Unidos.

La historia dominante entre los más de 57 millones de latinos en Estados Unidos no es la guerra del narcotráfico: es la desigualdad, la ambición de los inmigrantes y las heridas causadas por la separación de las familias. Estos temas aún esperan ser abordados con el virtuosismo de Petróleo sangriento o la inteligencia e innovación de ¡Huye!

Señor ejecutivo o señora ejecutiva de un estudio, en vez de otra película con tatuajes falsos y acentos exagerados, consideren invertir en talento nuevo y en dar luz verde a un proyecto latino grande e inteligente. Además, piensen en los narcos como en el chile en polvo: es un condimento, pero deben usarlo con cuidado.

Insistan en la calidad y la complejidad de las historias que presentan en las pantallas acerca de los latinos, y –si abordan una epopeya estadounidense verdadera y nunca antes relatada, más cautivadora que cualquier conspiración de cárteles–quizá incluso lleguen a parecer genios.

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