Faltan menos de dos semanas para la primera vuelta de las elecciones generales más turbulentas de Brasil en años, pero Luciléia Morales Leite, vecina de uno de los barrios más pobres de São Paulo, todavía no ha decido a quién votará para presidente. El motivo es simple: “El país está muy complicado”. Sin embargo, sabe a quién no apoyará nunca: “A Jair Bolsonaro. No me gusta lo que dice. Insulta a las mujeres y no respeta al ser humano”, opina sobre el diputado y cabeza de cartel de la ultraderecha que representa el Partido Social Liberal (PSL). Aunque el crecimiento de Bolsonaro se ha estancado en los últimos días, sigue liderando los sondeos para la primera vuelta electoral. “Si sale elegido, será como el de Estados Unidos…”, dice Morales Leite en referencia implícita a Trump. “No sé qué es aquel hombre, pero parece un dictador. Tal vez Brasil necesite a una persona así, pero no sé si sería bueno para la gente”.

Luciléia es una mujer negra y corpulenta que nació en Maranhão (norte de Brasil) y que se marchó a vivir hace casi dos décadas a la mayor ciudad del país —y de toda América Latina—, São Paulo. Tenía solo 21 años y un único objetivo: trabajar para mejorar su vida. Hoy, con 39, vive en el barrio periférico Jardim Ângela, donde la esperanza de vida es de solo 55,7 años, casi 24 menos que en el acomodado Jardim Paulista —solo 20 kilómetros al noreste—, y el sueldo medio mensual es de 1.890 reales (unos 460 dólares). Mujeres como ella son un símbolo del segmento que más puede plantarle cara a Bolsonaro en la primera vuelta electoral, el próximo 7 de octubre. Sin el apoyo de mujeres que cobran menos de dos salarios mínimos (954 reales, 233 dólares) y representan el 28% del electorado, la victoria de cualquier candidato se antoja improbable. Son, en definitiva, la primera línea de resistencia frente a la ultraderecha.

Para Luciléia, auxiliar de servicios generales en un hospital, votar al Partido de los Trabajadores (PT) era una constante y si el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, hoy preso, pudiera presentarse, sin duda lo apoyaría. “Ayudó mucho a las clases más bajas, principalmente en el nordeste [del país]. El banco ayudó mucho a mis padres para adquirir su tierra; durante la época de Lula pudieron acceder a créditos”, argumenta. Sin embargo, no le gustó el Gobierno de la expresidenta Dilma Rousseff —sucesora de Lula— ni la gestión de Fernando Haddad, aupado a candidato a la presidencia del PT por el propio expresidente, al frente de la alcaldía de São Paulo. Lo más probable, afirma, es que acabe optando por el candidato Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB, centroderecha). “Quiero ver el próximo debate en la televisión antes de decidirme. Creo que un buen candidato tiene que pensar en el prójimo como en sí mismo. Y Alckmin lo hace, creo en él. Es un buen candidato”. El exgobernador del Estado de São Paulo —por mucho el más poblado del país—, en cambio, no termina de despegar en los sondeos, en los que Haddad es la principal alternativa a Bolsonaro: alcanza un 22% de intención de voto, según el Ibope.

Los votos nulos o indecisos, como el de Luciléia, suman el 17% en el último sondeo de Datafolha, pero entre las mujeres con renta de hasta dos salarios mínimos suben hasta el 25%. “Una parte de los electores se deciden en el último momento. De ellos, casi el 70% son mujeres de baja renta, mujeres que no dominan la información electoral, pero que conocen bien el mercado y el supermercado. Conocen los precios, deciden. Su inflación es más precisa que la oficial”, explica la socióloga Fátima Pacheco Jordão a EL PAÍS. “Están muy aferradas al día a día, y cuando se habla de salud, no piensan en hospitales ni en camas. Piensan en problemas específicos, en el médico del ambulatorio, en su salud y, sobre todo, en la de sus hijos”.

“Todavía no he parado a pensar a quién voy a votar. A veces decido en el último momento, por impulso”, explica Juliana Fraga Melo, de 34 años y vecina de Luciléia. Pero también está segura de que no votará a Bolsonaro. “No me gusta lo que dice, sobre todo en el caso de las mujeres”, resume. Su principal preocupación son los salarios precarios: ella misma cobra poco más de un salario mínimo como cocinera en una residencia de pesonas mayores. También se queja de que, en los últimos años, la vida se ha vuelto más difícil. “Comprar medicamentos, comer… Todo está más caro. Un tetrabrik de leche llegó a valer cinco reales (1,22 dólares). Ahora ya ha bajado, pero ¿cómo se las apañan las madres que tienen hijos pequeños?”, se cuestiona. No es para menos. La economía brasileña, la mayor de América Latina, no termina de levantar cabeza tras el batacazo del último lustro: entre los últimos comicios presidenciales, en 2014, y estos, la renta per cápita se ha desplomado un 7,5%. Una cifra aciaga para una economía que hace no tantos años parecía no tener techo y tiraba del carro de los países emergentes.

A unos cinco kilómetros de Jardim Ângela, en Capela do Socorro —el distrito de São Paulo con mayor porcentaje de población por debajo de los dos salarios mínimos—, Jovina Costa, de 46 años, atiende a los niños que van a su cantina, frente a una escuela pública. “Ahora que han puesto una cantina dentro de la escuela, está más difícil. Tengo que hacer trabajillos los fines de semana limpiando casas”, explica. Su marido, profesional de la construcción, lleva tiempo sin ser contratado para ninguna obra. “Todo esto nos complica la vida; hemos tenido que apretarnos el cinturón para pagar la hipoteca”.

La incidencia de las noticias falsas

Jovina Costa, vecina de Capela do Socorro. ANDRÉ LUCAS
Jovina, nacida en el Estado de Minas Gerais (noreste de São Paulo), cuenta que votó a Lula cuando tenía 16 años, el umbral mínimo de edad para el sufragio en Brasil. Corría 1989, se celebraban las primeras elecciones democráticas y era también la primera vez que el entonces sindicalista se presentaba. Ahora votará nulo en la primera vuelta porque, “desgraciadamente”, ya no confía en nadie. Asegura, eso sí, que votará en la segunda vuelta. “No votaría a Bolsonaro. Creo que es muy egoísta y prejuicioso. Es deshumano. Ahora mismo estaba viendo un vídeo en que está en el hospital insultando a una enfermera. ¡Es absurdo!”, cuenta. Esos insultos, en realidad, no existen. Se trata de una de las miles de fake news que se han viralizado en los últimos días por WhatsApp y que han alimentado la polarización política en un país ya de por sí polarizado. Jovina no parece dudar del contenido.

Bolsonaro sabe del rechazo que despierta entre las mujeres. Sigue hospitalizado tras haber sido acuchillado el 6 de septiembre y ni él ni sus partidarios parecen hacer caso a los datos. El candidato se limitó el pasado 19 de septiembre a subir en las redes sociales un vídeo en el que decía que adoraba a su mujer y su hija. Pero a Maria el ultradirechista no la convence. “Vi en el periódico que las mujeres no van a votarle”, cuenta esta empleada del hogar, que demuestra informarse también a través de medios convencionales. “Pero todavía no he pensado sobre mi voto, chico, mi vida es un no parar”. Esposa de un metalúrgico, ha sido gracias a este “no parar” que su hija mayor, de 29 años, logró graduarse en Publicidad y Matemática Financiera, mientras su hijo pequeño, de 22 años, arranca su segunda carrera, la de Periodismo. Han podido vislumbrar una vida distinta de la de sus padres. “Me preocupa la violencia. Si algo pasa con mis hijos, muero con ellos”.

 

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