De las bombas a los pintalabios: la revolución cosmética del dictador Kim Jong-un

Kim Jong-un y su esposa intentan emular el enorme éxito global de la cosmética K-Pop de Corea del Sur con dos plantas en Pyongyang y Sinuiji

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El líder norcoreano Kim Jong-un durante su visita a la fábrica de productos cosméticos de Pyongyang REUTERS

En un país donde se asume que el líder dispone de un conocimiento omnímodo y que lo mismo sabe de misiles que de belleza femenina, la entrada a la factoría capitalina está adornada con el recurrente mural que exhibe a uno de los miembros de la saga Kim, en este caso Kim Jong-il.

El enorme mosaico, sin embargo, no reproduce al padre del actual dirigente acompañado de parafernalia bélica, trabajadores o de niños -las imágenes más habituales en esta nación- sino de cremas, pasta de dientes y champús. “Se titula Hay que proveer mejores cosméticos para el pueblo“, explica la guía del lugar, Han Su-yon.

Sobre la fachada del edificio se leen unas enormes letras que afirman: “Siempre estamos sirviendo al pueblo”.

En cualquier otra fábrica del orbe dedicada a la cosmética, la iconografía visible en sus muros estaría dedicada a promover los supuestos beneficios de sus cremas o pintalabios. Pero esto es Corea del Norte y aquí prima más la ideología que la firmeza o brillantez que pueda otorgar el último champú a su cabello.

Por eso, una de las visitas obligadas en este recinto es el museo donde se veneran las visitas de Kim Jong-il y Kim Jong-un a este lugar por medio de enormes fotografías realzadas con marcos dorados donde se les puede ver oliendo un jabón o examinando las cremas locales. El mismo lugar que guarda protegidas por vitrinas cuanto objeto tocaron los dirigentes: una silla, un banco y más de una docena de botellas y receptáculos de productos de la fábrica.

“Esta crema, este jabón y esta botella de champú de 200 mililitros fueron vistos por el Mariscal Kim Jong Un el 28 de octubre de 2017”, aclara uno de los aparadores de cristal.

La factoría de cosmética de Pyongyang se ha convertido junto con su homóloga de Sinuiji, una localidad situada en el norte del país, justo en la frontera con China, en el máximo exponente de la curiosa fijación de Kim Jong-un por promocionar el desarrollo de esta industria, quizás para incidir en su esfuerzo por reivindicar el progreso económico relativo que se observa en el país desde que accedió al poder en 2012 o para intentar frenar la influencia que tiene la cosmética K-Pop surcoreana -una potencia mundial en este sector que factura miles de millones de dólares- en la población norcoreana.

Según los anales aprobados por Pyongyang, la preocupación de los tres Kim por la cosmética no es algo reciente sino que puede remontarse a la figura de Kim Il-sung, que dio la orden de crear la fábrica de Sinuiji poco antes del inicio de la Guerra de Corea.

“Incluso durante la Ardua Marcha (los años en que cientos de miles murieron de hambre) el líder supremo Kim Jong Il siguió suministrando una gran cantidad de dinero para mantener abierta esta factoría (la de Pyongyang)”, refiere Han Su-yon. “Fue él quien nos dijo al visitar el lugar en 2003 que teníamos que desarrollar nuestros productos para que el país pareciera más civilizado y la población fuera más feliz”.

Como todo en Corea del Norte, el recinto es una singular mezcla de instalación productiva y plataforma dedicada a instruir a sus trabajadores en el ideario del Partido. Por ello no resulta raro ver a sus cerca de 450 empleadas produciendo barras de jabón o mezclando los ingredientes de las cremas en salas repletas de lemas comunistas.

Curiosamente, en medio del esfuerzo que parece haber desplegado Pyongyang desde hace meses para arrinconar los carteles con motivos bélicos, este edificio sigue exhibiendo una profusión de pancartas repletas de misiles o mensajes como el que dice: “Sostenemos firmemente el poder nuclear para construir un país socialista fuerte”.

El reciente desarrollo de la producción cosmética ha sido resultado de la iniciativa personal de Kim Jong-un -algo habitual en la economía norcoreana, que se mueve por los impulsos personales del mandatario- que se ha personado en varias ocasiones en este emplazamiento y en la fábrica de Sinuiji.

Lee Seon-hee, responsable del departamento de ingeniería, explica que en 2015 Kim Jong-un les entregó 138 productos de firmas como Chanel, Estee Lauder, Gucci o la japonesa Shiseido, y les exigió que superaran su diseño. Eso sí, el jefe de filas norcoreano no les proporcionó ninguna de las famosas cremas surcoreanas. “Las analizamos y hemos desarrollado nuestros propios productos, que han alcanzado o incluso son superiores a esas marcas”, opina Lee.

Los responsables del lugar aseguran que ya han comenzado a exportar al exterior aunque los destinos que exhiben en un pequeño globo terráqueo se limitan a cinco: China, Irán, Rusia, Chipre y Australia.

Cuando se le inquiere a Han Su-yon sobre la cosmética surcoreana, la ingeniería responde de soslayo. “Sí, hay muchas marcas mundiales muy famosas pero nuestras cremas están hechas especialmente para la piel coreana y por eso son muy apreciadas”, apunta.

Frente a la sofisticación de la industria sureña, la gran ventaja de los productos norcoreanos es su precio. El más caro de los que comercializa el centro de Pyongyang no supera los 10 dólares, según Han Su-yon. Su principal competencia, la marca Pomhyanggi de Sinuiji, puede llegar a vender alguna crema por 30 dólares.

Aunque su mejor reclamo, como siempre, es la atención que le presta Kim Jong-un y también su esposa, Ri Sol-ju, que se está erigiendo en un referente para la moda de las élites instaladas en la capital. “Lo que más se vende son las cremas que llevan ginseng. Se asocia con la longevidad. Tras la última visita del líder supremo hasta los hombres comenzaron a comprar cremas. Antes eran muy tímidos”, argumenta Han Su-yon.

Sin embargo, cuando se le inquiere por el fenómeno de los llamados “chicos flores” de Corea del Sur, que recurren a la cosmética y hasta la cirugía para parecer más femeninos, tanto Han como su compañera se echan a reír negando firmemente con la cabeza.

“No, no, eso es impensable aquí”, sentencian al unísono.

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